domingo, 23 de junio de 2013

Ir a ver una película de ficción con prejuicios, o como envenenar con cianuro sarcástico al niño que hay en tu interior.

Cuando voy al cine a ver una historia de fantasía o ficción lo hago intención de disfrutar. A todos aquellos que no lo hacen, quiero animarles a que cambien su actitud por otra más positiva que les reportará muchas alegrías a lo largo de la vida.

El nivel de tolerancia es un factor que se describe en muchos aspectos de la vida a nivel físico o emocional. En las drogas suele tener que ver con el hecho de que los adictos necesiten tomar dosis cada vez más altas para sentir el subidón.

A través de testimonios de pederastas se ha sabido que otra clase de exceso, el del visionado de contenidos pornográficos, provoca que el nivel de tolerancia en lo que a la excitación se refiere también resulte dañado. Describía un pedófilo en un documental que: empezó viendo videos de mujeres adultas, luego mujeres jóvenes, luego chicas que se hacían pasar por menores, y así hasta seguir hundiéndose en los límites de una práctica monstruosa y enfermiza. Cada vez, aseguraba este hombre con arrepentimiento, necesitaba una dosis más alta (o más baja, como queráis verlo) para sentirse excitado.

De la misma manera, os aconsejo encarecidamente que no vayáis a ver una película de fantasía o ficción con prejuicios. La capacidad para sentirse maravillado con los diferentes aspectos de la vida es algo que vamos perdiendo a medida que nos hacemos adultos.

No aceleréis el proceso: 
  • Sentado a vuestro niño interior en un sillón de cuero rojo.
  • Poniéndole una copa de coñac en la mano.
  • Vistiéndole con un batín de "marqueso" (homenaje a Gomaespuma)
  • Y obligándole a fruncir el ceño con aire cínico.
Personalmente, cada vez que voy al cine me gusta dejar que el niño que hay mí:
  • Salte por los asientos y estire las piernas.
  • Agite una espada de madera sobre su cabeza.
  • Se vista con una capa roja.
  • Y sonría enseñando su dentadura mellada cada vez rie a carcajadas.
Si aun así persistís, llegará el día que busquéis en vuestro corazón la capacidad de maravillaros y descubráis que ese niño tiene:
  • Las rodillas artríticas.
  • Cirrosis emocional.
  • Y una arruga en la frente imborrable de tanto fruncir el ceño.
Apreciad cada minuto metraje en la vida de ese niño. El día que se vaya de casa, convertido en un adolescente malhumorado y escéptico, no preguntéis quién o qué le convirtió en lo que es ahora. La respuesta, en todo momento, estaba en vuestro interior. Pero allí no quedará nadie.


2 comentarios:

  1. Lo cierto es que considero que en muchas ocasiones el gran problema que tenemos los seres humanos es precisamente que nos negamos a nosotros mismos la capacidad que tenemos de sorprendernos y de emocionarnos con las cosas más pequeñas.

    A mi por ejemplo, me pasó algo parecido. A raíz de la muerte de mi padre dejé de escribir, luego me tiré 5 años jugando de forma obsesiva a un juego online multijugador y tiré por la borda toda mi capacidad de imaginación y tuve que volver a aprender escribir de una forma más allá de lo coloquial del día a día. ¿La factura? Como muy bien dices, hay ocasiones en las que no nos damos cuenta de que hemos dejado pasar demasiado tiempo y que ya no somos los mismos. Únicamente por nuestra culpa.

    Espero que esto que has escrito le sirva a mucha gente para darse cuenta de que aún están a tiempo de salvaguardar su ilusión. ^^

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  2. Muchas gracias por tus palabras, Cyram. Mi padre también falleció siendo yo muy niño. Me alegro de que superases esa experiencia y encontrases nuevamente el camino hacia la escritura.

    Un abrazo muy grande,
    Braceli.

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